PANORAMA PARA PERDURAR

En las cálidas y extáticas noches de verano, cuando todo en derredor se halla sumido en una sublime quietud tal que la vida nos habla a gritos y encuentra correspondencia en el poderío de nuestro propio latido, cuán serenamente abrumador resulta alzar la vista a la inmensa bóveda que pende sobre nosotros y allí, en la insondable negrura de un cielo protector, descubrir prendidas miles de estrellas refulgiendo calmas y regias para nuestro íntimo disfrute. Algo así sucede con nuestro particular olimpo cinematográfico: a partir de innumerables momentos de placer y embeleso obtenidos de nuestro contacto con el cine desde pequeños, vamos conformando un firmamento de estrellas personal, un particular universo de mitos que brilla generoso para nosotros y nos acompaña a lo largo de nuestra vida.

Por ello, acostumbrados a que ese cielo tachonado de luminarias resplandezca siempre con la infalibilidad de los dioses, se nos antoja tan dolorosa la falta de una de nuestras queridas estrellas que, agostada y consumida por la voracidad del tiempo, apágase definitivamente dejando un negro vacío que jamás podrá ser reemplazado por el resplandor de ninguna otra.

Y así, se nos apagó Roger Moore, una esplendorosa estrella que nos deslumbró cuando niños y continuó deleitándonos ya de adultos, imprimiendo a todos sus personajes esa particular tintura suya mezcla de superior elegancia y humor donoso que tanto nos seducía al verlo aparecer en pantalla. Sir Roger Moore perdurará en la memoria como el Bond más carismático y zumbón de la historia del cine y, con permiso de nuestro grandemente admirado Sean Connery, encarnó a la criatura de Ian Fleming con una especial gracia que lo convirtió, a los ojos de innúmeros aficionados, en el agente 007 por antonomasia.

Se nos apagó Roger Moore, mas nunca se apagarán su brillante halo de “Santo”, el pícaro fulgor creado “Sólo para sus ojos”, o los rutilantes destellos que nimbaban en torno a su Lord Brett Sinclair, fascinante vividor que morará en nuestro recuerdo junto a las graves y nostálgicas sonoridades de la maravillosa sintonía que marcaba el inicio de “Los persuasores”.

Descanse en paz Roger Moore, reluciente astro que arde ya eterno en el hogar de los inmortales.