EN LOS UMBRALES DEL MILAGRO

Por fin nos hallamos en las cercanías de ese destino por el que muchos han suspirado a lo largo de estos oscuros meses, en los fúlgidos umbrales de la estación por excelencia: la primavera. Si bien es cierto que cada cosa tiene su tiempo y cada tiempo tiene su cosa, no es menos verdad que la estación de las flores posee ese algo indefinible relacionado con lo nuevo, con el fluir de la savia vital, el perecimiento de lo caduco y la resucitación de lo marchito. La primavera nos rescata de ese abúlico letargo en el que hemos estado sumergidos durante los largos meses de invierno y, esgrimiendo su arma de doble filo, ahuyenta con decidida eficiencia el velo brumoso que ensombrecía nuestra vitalidad: con el filo de su ubérrima belleza libera nuestra mirada de la opacidad que la constreñía, tornándola límpida y risueña; con el otro filo, el de la calidez creciente, nos sacude el corazón haciendo volar sus incrustadas astillas de hielo, para fortalecer su latido y prepararlo a todas aquellas experiencias que, al amparo del rozagante marco primaveral, suelen parecernos milagros si los contemplamos con la perspectiva adecuada y la atención debida. ¿No sentís un íntimo júbilo al escuchar los ufanos cantos de los pájaros en la perezosa quietud de la mañana? Eso es ya, de por sí, un indiscutible milagro.